Yusuf, el Emir de los Muslimes

«Casi ochenta veranos le alumbraban ya —cinco arriba, cinco abajo; nadie recordaba cuándo nació— y, a pesar de ello, gozaba de una salud admirada por todos sus generales. Frugal en el comer y beber, la frescura de su longevidad era legendaria. Sólo se nutría de dátiles, leche de cabra o dromedaria y pan plano de centeno; suficiente para mantener una complexión recia y los cuatro humores corporales equilibrados. Seco, tan parco en palabras como austero en el dispendio. No vestía sino paño de espesa lana de oveja, todo de negro.

Yusuf era más que un hombre: era el Emir de los Muslimes, en cuyo ascetismo se hallaba la cuna de la eternidad. A ojos de sus almorávides, un derviche, un místico errante. Apenas hablaba la lengua de los árabes, al igual que los guerreros islámicos primitivos, de ahí que se apoyara con frecuencia en su trujamán, el Escorpión».

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